viernes, 26 de julio de 2013

Cómo Relacionarnos con las Denominaciones Iván M. Baker



Cómo Relacionarnos con las Denominaciones


Meditación de Iván M. Baker, 25 de marzo de 1999

Cómo Relacionarnos con las Denominaciones

Meditación de Iván M. Baker, 25 de marzo de 1999

Por causa de la desviación de la verdad, de la liviandad y el pecado existente en las iglesias hoy
(además de la gran cantidad de pastores predicando para sus propios beneficios), es evidente que
estamos viviendo tiempos muy peligrosos. Y es fundamental que vayamos a la Biblia a buscar la
orientación correcta para enfrentarlos como corresponde. No nos sirve tener una orientación
sentimental o una preocupación por mantener una amistad con todos, así como tampoco nos sirve
tener un espíritu pacificador que nada ve y que todo lo ama, sino que precisamos de una luz divina
bien clara y de una orden celestial que nos indique el camino; camino que sólo podemos hallar
haciendo un estudio serio de la Palabra, buscando la indicación de Dios para enfrentar las
situaciones de hoy.

Yo me pregunto ¿Tuvo la Iglesia Primera que enfrentar situaciones parecidas a las nuestras? Algunos dicen que las sinagogas de ese tiempo son las iglesias evangélicas de hoy; pero yo digo que eso no es así, ya que con respecto a aquellas sinagogas y a su doctrina, Cristo dijo: “Haced lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen”. Inferimos, por las palabras de Jesús, que al menos su enseñanza era buena, sin embargo hoy tendríamos que decir de las iglesias evangélicas, en términos generales: “No hagáis ni lo que dicen, ni lo que hacen”, lo que las coloca en un escalón más bajo frente a las sinagogas del tiempo de Cristo. Basta con juzgar el evangelio y las doctrinas de error que en ellas se predica y ver el estado moral y la pobre vida espiritual que generalmente puede observarse en ellas.

La segunda consideración que hago es que a pesar del mucho sufrir, orar y trabajar para llevar la
verdad a las iglesias evangélicas, el fruto ha sido escaso y poco el avance. Prueba de ello es que al
conversar con pastores evangélicos, nos damos cuenta que están en medio de una babel y de toda
clase de liviandad. Se predica un evangelio espurio, se admiten licencias de toda clase, con mínima o quizás nada de consagración de los miembros, generando un espectáculo vergonzoso en el que las iglesias sucumben bajo un mar de iniquidad. Por ejemplo, y con el fin de mencionar un caso
extremo, esa iglesia metodista que celebró un casamiento (al que asistió la televisión, la prensa y
gran cantidad de personas se amontonaron a sacar fotografías) en la que se celebró un “casamiento” diferente, entre lesbianas. Y al parecer también la iglesia anglicana se ha sumado al aceptar el casamiento de dos hombres o dos mujeres y la adopción de hijos por parte de ellos.

Hoy en la iglesia católica – incluyendo los católicos carismáticos – y en muchas iglesias evangélicas,
ni se vive la santidad ni tampoco se proclama la verdad, siendo esta situación que enfrentamos hoy
muy difícil y penosa.

Nuestra tarea no es buscar la unidad de las denominaciones, ya que en ningún momento el Señor
ora para que la iglesia busque y trabaje en pos de la unidad “denominacional”, sino que el Señor, en Juan 17, clama al Padre pidiéndole a Él por la unidad entre los miembros de la Iglesia. Tampoco
vemos a ninguno de los apóstoles procurando hacer unidad institucional, sino que los vemos en todo momento priorizando la santidad y la obediencia a Cristo. Y en la Palabra vemos que hubo luchas entre ellos debido a desobediencias, como cuando Pablo reprendió a Pedro. En esa situación no vemos a Pablo buscando armonizar lo que Pedro estaba haciendo con la verdad que él defendía
firmemente, sino que lo vemos confrontando a Pedro duramente y luego siguiendo adelante con su
responsabilidad, mostrándonos cómo nuestra unidad y armonía deben depender de la obediencia a la Palabra.

Cuando Pablo habla de la obra que Dios le encomendó, manifiesta no querer “edificar sobre
fundamento ajeno”, sino hacerse cargo de lo que Dios puso en sus manos para realizar. Pablo no
consideraba un deber propio el arriar a todos los demás detrás de sus ideas, ni insistir en que los
otros estuvieran de acuerdo con los métodos que él seguía para edificar la Iglesia, sino que se
ocupaba de mantener el rumbo que Dios le había presentado aún cuando otros quisieran disuadirlo
de esto.

No vemos en la Palabra un sínodo de hombres intentando elaborar una unidad institucional. La
misión de unir a las Iglesias era dejada en las manos del Padre y era hecha por el Espíritu Santo, que
es el gran Reconciliador.

Si nosotros nos atamos todos juntos para andar unidos (hablo siempre respecto a la unidad de
diferentes iglesias, congregaciones o denominaciones que piensan y operan de manera muy
distinta), temo que la verdad va a ser oscurecida o simplemente nula y al final terminaremos todos
ligados, encadenados unos con otros en una mediocridad espantosa.

Percibo que a veces el problema no es que las iglesias no acepten la verdad que predicamos, sino
que no aceptan el funcionamiento de esa verdad aplicada en la vida. No ganamos nada con intentar convencer a quienes no quieren ser convencidos, sino que sería mucho mejor que los que están convencidos vayan hacia adelante, avanzando en sus convicciones, haciendo la obra y viviendo la verdad. Será esa obra y esa vida las que realmente hablen por sí solas.
Nuestra tarea entonces, no es edificar sobre fundamento ajeno sino ir expandiendo nuestro
ministerio conforme a todo lo que hemos recibido y nos ha mostrado el Señor, teniendo constante
determinación en afirmar y fortalecer todo lo que está en nuestras manos y que es de nuestra
responsabilidad hacer. Además, debe ser de nuestro gran interés tener comunión los unos con los
otros e ir edificando la Iglesia conforme al modelo que Dios nos ha mostrado, es decir, volviendo al
patrón de Dios según lo que Él encomendó. Esto es lo sano, lo apropiado y lo que cabe dentro de la
visión que Dios nos ha dado.

Reclamamos además una soberana operación del Espíritu Santo para hacer la unidad que sólo Dios
puede hacer, ya que nos damos cuenta que la unidad de la Iglesia hecha en papeles, en eventos
diversos o en reuniones de oración, no llega muy lejos. Es muy complejo y difícil querer unir así
nosotros las denominaciones, o las congregaciones ya que cada pastor está afirmado en su visión;
cada uno quiere cambiar los principios que guían al otro y que son entendidos de manera diferente, y cada uno entiende su proceder como algo que viene de parte del Espíritu de Dios, lo que le da seguridad en su forma de actuar.

Entonces, a mi parecer, el querer alinear a las demás
congregaciones con nuestros argumentos, con nuestras predicaciones o compartiendo reuniones de oración o de consulta, es muy difícil; y creo que ante esa dificultad, solo Dios puede hacer algo.
Lo que sí creo, es que podemos juntos aceptar dos principios claros: Primero, que la unidad del
Cuerpo la hace Dios y, segundo, que debemos cuidarnos de oír bien y obedecer las advertencias que los apóstoles nos hacen con respecto a quiénes debemos apartarnos completamente.
Este dilema, el de saber discernir qué hacer ante las diferencias y factores que nos separan de otros, no es exclusivamente nuestro, ya que en el tiempo apostólico también estuvo presente. Sin embargo debemos tener sabiduría de Dios para relacionar los problemas que ellos tuvieron en su tiempo con los que enfrentamos nosotros hoy en el siglo XX, ya que existen dos mil años que nos separan y las situaciones y los tiempos históricos son diferentes. Lo que sí podemos establecer es que cada problema, tanto los que se vivían en ese tiempo como los que enfrentamos hoy, son indicativos de un pecado, una falla o un desliz del hombre, por lo que debemos calificar cada situación actual en base a los principios establecidos por los apóstoles de la Iglesia Primitiva tal como lo establecen las Escrituras para luego encontrar el paralelo con nuestros días.

Por ejemplo, en la epístola de Gálatas – tiempo en el que sin duda se predicaba el evangelio puro y
limpio tal cual había sido dado por el Señor – podemos ver una situación donde por un solo
elemento que los hermanos querían agregar al evangelio, Pablo reacciona amonestándoles
severamente. Ese elemento, la circuncisión – la inocente práctica de cortar el prepucio, es decir, 10 a 20 gramos de piel –cosa que hasta ese momento había sido una práctica santa, establecida por el
Altísimo como precepto para muchas generaciones entre los judíos, era ahora aborrecida por Pablo, por ser del antiguo pacto y no del nuevo, rechazándola enérgicamente con estas tremendas
palabras: “Yo os declaro que si os circuncidáis, Cristo no os aprovecha de nada y de la gracia habéis
caído” ¡Qué palabras inmensamente graves llega a decir Pablo por causa de algo que para los judíos convertidos era un error tan inocente y pequeño! Pablo denuncia el gravísimo pecado en el que estaban cayendo, a causa del cual les advierte que por ese solo hecho perderían la gracia recibida.

Pablo llama a esto “otro evangelio”, es decir, el sacar ese pedacito de piel; esa acción de poner un
símbolo de circuncisión judaica, era otro evangelio. La diferencia radicaba en que ahora era otra
época; tiempo del nuevo pacto que Dios había establecido con Cristo y para los ojos de Dios y de
Pablo, este hecho significaba evidentemente un gravísimo pecado y una anulación del Evangelio
santo que Dios estaba revelando y estableciendo entre los hombres.
¿Cómo se puede comparar esta minucia del prepucio y la circuncisión – pero tan fuertemente
tratada por Pablo con el máximo rigor y con un lenguaje claramente condenatorio – con la flagrante desviación que hay hoy en día en las iglesias? Hoy se manifiesta abiertamente y por todas partes un evangelio espurio; un evangelio sin poder salvífico; un evangelio de hombres en el que el llamado y el contenido son otros y que está totalmente enviciado por los intereses de los hombres que se interponen a los intereses de Dios.

Así como el evangelio que predicaba ese pastor al cual le dije “Tú no predicas el evangelio” y él me
respondió ¿Cómo es el evangelio? Y yo le expliqué detalladamente cuál era el verdadero. Y cuando
terminé, él me dijo: “Si yo predico ese evangelio, pierdo mi congregación”

Yo analicé esa frase que él dijo como un relámpago en mi mente y me sentí absolutamente
indignado; dándome cuenta inmediatamente que él era un mercader haciendo su propio negocio. Él quería gente asistiendo a sus reuniones pero no estaba interesado en que esa gente se convirtiera realmente; no le interesaba si el evangelio que él predicaba era el correcto o no, sino que le interesaba tener una iglesia abierta, un púlpito, una autoridad propia, gente que viniera a
escucharle. Él era un lobo, un ladrón, un salteador, un miserable rumbo a la perdición.
Así como ese pastor, hoy en día hay muchísimos más como él que se amontonan por todas partes
predicando la prosperidad; predicando la liberación de demonios de los creyentes; predicando la
multiplicación del diezmo y aún pidiéndole el diezmo a la gente que aún ni siquiera se ha convertido.

Hoy no se predica más a Cristo, no está más la vergüenza de la Cruz ni el derramamiento de la
sangre del nuevo pacto. Cuando yo tenía unos 15 años, escuché a un anciano decir “En los últimos
tiempos, dentro de algunos años, no se predicará más la sangre de Cristo”. Yo me quedé atónito,
porque para mí, en aquel tiempo que yo vivía, no podía haber predicación sin la sangre de Cristo y
sin la Cruz; sin embargo hoy ya no oigo más de la sangre de Cristo; no oigo más mensajes sobre la
cruz, sobre el infierno, sobre la condenación, sobre el pecado que nos lleva atados a la eterna
perdición o sobre el juicio de Dios. Es muy difícil encontrar un predicador que hable del verdadero
evangelio porque es inconveniente a sus engañosos propósitos y lejos de atraer al público, lo
ahuyenta.
Evidentemente estamos viviendo el tiempo en que las gentes “teniendo comezón de oír, se
amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias y apartaran sus ojos de la verdad y se
volverán a las fábulas” Estos emisarios son los mismos que aparecen en el capítulo 7 del sermón del monte donde Jesús dice:” muchos me dirán en aquel día [muchos], Señor, hemos predicado en tu nombre; hemos echado fuera demonios; hemos hecho milagros y hemos profetizado…”. Y ya
sabemos cuál es la sentencia que Jesús les da a los tales en la Palabra.

Después de 20 años de intentar relacionarnos con ellas, seguimos viendo que tales iglesias que aún
predican un evangelio adulterado. No hemos conseguido demasiado sino sólo el mero hecho de que hayan captado un lenguaje distinto o incorporado algún estilo nuevo de operar. Sin embargo al
habernos abocado a esta tarea de “unidad fabricada” hemos obtenido el estancamiento total de
este movimiento de renovación, del cual hoy sólo quedan rastros.

Es necesario atender a lo que debemos hacer, a lo que se nos confió a nosotros. Debemos construir
una Iglesia libre de polvo y de paja y asentarla en un lugar elevado como ciudad de Dios y como
Cuerpo de personas que aman a Dios. Eso fue lo que dijimos que haríamos; así lo reiteramos, lo
cantamos, lo bailamos; pero no lo hicimos, porque algunos de nosotros se extralimitaron con la
unidad y se entusiasmaron al exceso, fuera de contexto con Juan 17.

Yo nunca entendí ni estuve de acuerdo con ese entusiasmo por unir las iglesias; pero nos
comenzamos a mezclar con las denominaciones pasando horas con ellos, llegando a ser “la unidad”
el asunto más importante; cuando en realidad el tema fundamental era el Reino de Dios y el
establecimiento de una Iglesia que imita a Cristo. Dios nos había dado la unción y la luz para ese
trabajo. Con ese fin el Señor nos enseñó el camino y nos dio las correcciones que debíamos hacer.
Nuestro trabajo no era oír solamente una doctrina y proclamarla fielmente para que fuese
mareramente entendida, sino establecer la Iglesia misma conforme a esa doctrina y buscar un
espacio libre para llevar a cabo esa acción sin influencias foráneas.

Es necesario entonces tener una mano sobre la espada ceñida a un costado y con la otra mano
seguir edificando. Debemos estar totalmente abocados a lo que el Espíritu Santo tiene como
fundamento; esto es, construir una Iglesia conforme al Reino de Dios, conforme al llamado del
Evangelio del Reino; una Iglesia del último tiempo, santa, pura, limpia, donde toda ella responde al
amor de Cristo, sigue la santidad del trono de Dios, obedece la Palabra de Dios y es edificada sobre
ningún otro fundamento, excepto Cristo. La edificación de la Iglesia es llevada a cabo por el Espíritu
Santo y el material con que se construye viene de Cristo mismo; ese material santificado con su
sangre y ungido por el Espíritu, debe reconocerse y ponerse en un lugar apartado de todo lo que es
falso, inútil, carnal y pecaminoso. Debemos hacer diferencia entre lo santo y lo vil; entre lo que le
sirve a Dios y lo que no le sirve, siendo nuestra única regla de fe la Palabra de Dios en su totalidad.
A las iglesias históricas les guardamos amor y nuestra respuesta a ellas no es ni el odio ni el olvido.
Pero no podemos paralizar la obra que Dios nos ha encomendado para unirnos con ellos, sino que
por el contrario, debemos hacer la obra encomendada por Dios a nosotros por amor a ellos, ya que
la contribución más grande que podemos realizar para nuestros hermanos de las denominaciones,
es la edificación de la Iglesia que nos toca a nosotros edificar. No se trata de dar una doctrina, sino
de edificar una Iglesia conforme a la doctrina de Dios, la cual el Señor nos reveló. Nuestro trabajo
para levantar esa Iglesia debe ser tan intenso y urgente que no habrá tiempo para otra cosa.
Estaremos sirviendo a Dios, a nuestros hermanos y tendremos una iglesia contundente e
inconfundible. No es la declaración de la verdad lo que convence, sino la vivencia de la verdad; no es teorizar sobre conceptos bíblicos lo que convence, sino el mostrar cómo esos conceptos bíblicos nos han hecho bien, nos han formado y transformado y nos han constituido en un pueblo santo de Dios.

Mucho se predica sobre “el pueblo de Dios”, pero no hemos formado el pueblo de Dios realmente,
sino que las ovejas de la renovación están descarriadas, han sido ofendidas y han salido en grandes
grupos de en medio nuestro, dejándonos pobres y con poca gente. Y la culpa de todo esto es
nuestra, por no haber sido buenos edificadores.

¡No volveremos a eso! Vamos a edificar la Iglesia para la gloria de Dios y para la bendición de las
iglesias. El hacer lo que Dios nos manda, será lo que les muestre con todo amor cómo debemos
obedecer a Dios y cómo se edifica una Iglesia. Desde una posición de enseñanza que no es teoría –
sino por una revelación de la presencia misma de lo que hemos edificado, con la aprobación de Dios y siendo bendecidos y llenos del Espíritu Santo – podremos bendecir a las iglesias y extenderles la mano mostrándoles en hechos la realidad. Nuestra postura debe ser como la de una roca; como la de un barco que no se hunde sino que navega firmemente o como la de una mano de una persona, que estando firme sobre una roca, toma al náufrago que va a la deriva.
¿Cuántos se van a convertir? ¿Cuántos van a enderezar sus caminos? ¿Cuántas iglesias van a ser
reorientadas? No lo sabemos, pero sí sabemos que nuestra tarea es edificar con el poder del Espíritu Santo lo que Cristo nos mandó a nosotros a edificar: Su Iglesia Santa.

Establezcamos el fundamento; seleccionemos las piedras; pidamos espacio al Espíritu Santo para
hacer la obra; volvámonos de nuestros caminos de error; reconozcamos todos nuestros errores y
vengamos juntos a edificar la Iglesia, porque Dios nos constituyó juntos y si juntos nos hemos
desviado, entonces juntos enderecémonos. Y si se ha mantenido hasta aquí una amistad de más de
30 años entre algunos de nosotros, ¿Cuánta más será la potencia con que nos asistirá el Señor si
retomamos juntos el camino? Pero ese retomar el camino debe ser con esta clara y determinante
visión y orientación.

Me parece conveniente aclarar que cuando hablo de nuestra relación con las iglesias evangélicas, no estoy hablando de las relaciones individuales que un miembro pueda tener con otro, sino a evitar una relación corporativa más comprometida, en forma oficial para realizar actividades con las denominaciones, o incluso a hacer retiros, campamentos o encuentros juntos. Eso debemos dejarlo de lado e intensificar la relación individual, donde tengamos libertad de hablar personalmente con algún pastor o encontrarnos frecuentemente a solas de a dos o tres, o en grupos pequeños con el objetivo de volcar nuestro corazón sobre la revelación que hemos recibido del Señor, estudiando la Palabra juntos, al mismo tiempo que los escuchamos a ellos.
Por ejemplo, en un par de días me voy a reunir desayunar con un pastor pentecostal para hablar
seriamente de la Iglesia, de punto a punto. Nos vamos a abrir el uno al otro para preguntarnos y
respondernos. Por mi parte voy a intentar convencerlo de la necesidad absoluta de restaurar la
doctrina y enseñanza en la Iglesia.

Muchas veces somos invitados por distintos pastores a predicar en sus congregaciones. Yo casi
siempre he tomado la decisión de no hacerlo para no interferir o contradecir su autoridad. Más bien nos encontramos en privado con el pastor; ya que nuestro entendimiento personal redunda en un beneficio congregacional, sin que en el proceso se produzca una gran confusión que involucra al rebaño
Con todo lo que he dicho, expreso mi propio sentir a mis hermanos. De aquí en adelante debemos
seguir el buen camino siendo acompañados por quienes quieran tomarlo sin esperar que todos lo
tomen.

Que Dios nos ayude a quienes solo anhelamos que el nombre de Jesús sea exaltado y que solo su
voluntad, y no el designio de los hombres, sea hecha. Que Dios asista a quienes deseamos
apartarnos de toda confusión, de toda carnalidad y mundanalidad. Cerremos las puertas de nuestras casas, dejando el mundo afuera y el Reino de Dios adentro; echando fuera todo ídolo, toda corrupción; sacando fuera todo espíritu de maldad, de mundanalidad, de liviandad, de inmoralidad, de lascivia, de entretenimiento vano, vil y mundano, para que así nuestros hogares sean puros instrumentos en las manos de Dios. Seamos nosotros, los pastores, los primeros en hacerlo.

Cuando Josías limpió a Israel, la limpieza fue total. Destruyó todo lo que Salomón había hecho, todas las abominaciones que los reyes de Israel habían hecho y una vez que finalizó su limpieza, se
sentaron a celebrar la Pascua. Tal fue la bendición de esa Pascua que el Señor dice así de ella:

“Nunca fue celebrada una Pascua como esta en Israel, desde los días de Samuel el profeta, y ningún
rey de Israel celebró Pascua tal como la que celebró el rey Josías, con los sacerdotes y Levitas y todo
Judá e Israel, los que hallaron ahí juntamente con los moradores de Jerusalén”

Dios quiere anticiparnos a la Cena celestial celebrando una cena terrenal con la Iglesia restaurada.
Yo sé que Dios va a usar al diablo más que a nadie para santificar su Iglesia, porque los días que
vienen son de una corrupción total, como nunca antes ha habido en la tierra; y sólo habrá dos
posibilidades: O total santidad o total corrupción. El color gris habrá sido barrido de en medio. El
diablo está haciendo su máxima obra con la máxima libertad, porque es el día cuando el Hijo tiene la máxima libertad. El diablo está trabajando con toda su furia, porque el Hijo de Dios está en pie
obrando con todo su poder ¿Quién va a vencer? Están los dos allí, el gigante por un lado, la serpiente antigua, Satanás y por el otro lado La Vid, que es símbolo de Cristo mismo. Se van a medir el uno y el otro, pero ya sabemos lo que va a suceder: la piedra que salió de la honda de Jesús va a quedarse hincada en la frente del gigante; y el paladín del diablo y todas las obras de Satanás van a sucumbir y Dios va a triunfar. ¡Jesús va a triunfar y levantará su cabeza ante todas las naciones y ante el universo entero para mostrar que Él es el Vencedor!.
¡Esta es la hora hermanos! Levantémonos para edificar.

Amén.