Por Qué La Verdad Revelada Dejó de Ser La Razón del Movimiento
Meditación de Iván Baker, 14 de Abril de 1999
Es el día 14 de abril de 1999 y mi meditación es en torno a lo que debemos tratar a fin de mes en el retiro del equipo apostólico en Pontevedra. El contenido, creo, debería ser un repaso de la verdad que Dios nos reveló, más un análisis de por qué, a mi juicio, esa verdad fue sepultada, y dejó de ser el centro mismo y la razón de este movimiento de restauración de la Iglesia.
¿En qué punto se desvió el mover? ¿En qué punto entró en vía muerta? ¿Qué error hemos cometido? Cada uno necesitaría hacer su propia calificación. Quién cometió el error lleve la culpa, y no los que no se rindieron ante el camino que siguió últimamente, el cual llamo "la vía muerta de este movimiento".
Debiéramos estudiar punto a punto las razones por las que dejamos de ser hacedores de la verdad y nos transformamos en meros oidores, engañándonos a nosotros mismos. Yo creo que tiene que haber un sinceramiento, un mea culpa. Pero mucho más allá de buscar culpar y condenar a otro, tenemos que ser honestos en reconocer la realidad y escucharnos el uno al otro en ese sinceramiento. Yo diría que muchos abandonaron completamente todo aquello que fue la fuerza impulsora del principio. Se levantaron, con los años, generaciones de discípulos cada vez más débiles, cada vez menos avezados, menos entendidos en lo que significaba este mover del Espíritu.
En el principio teníamos pasión; habíamos sido transformados; habíamos recibido una formidable modificación de nuestra teología, habíamos repudiado los graves errores en los que habíamos caído, al punto de no saber qué era el evangelio, qué era el bautismo en agua y hasta habíamos cercenado y achicado el bautismo en el Espíritu Santo.
Debemos volver a recordar las verdades reveladas para hallar la diferencia entre ellas y nuestro estado actual. Existe, entre estas dos cosas, un contraste marcado, importantísimo. Nos urge señalar, denunciar y contrastar el error con la verdad; hacer bien claro el desvío para que la verdad brille y se manifieste en todo su fulgor. Al denunciar el error debemos espantarnos de las fallas que hemos cometido, de la teología barata, sinuosa, incompleta y desviada de la verdad que hemos llegado a abrazar, la cual persigue la complacencia humana más que la declaración divina de lo que Dios ha hecho. Dios nos reveló aquellas verdades junto con condiciones, con exigencias que se fueron olvidando, que no se contemplaron.
Y por mucho tiempo nos hemos dedicado a curar la herida del pueblo con liviandad. La teología barata nos enseña que hay que predicar un buen sermón y cerrar en una nota alta, alegre y positiva, para que la gente no se vaya triste ni cabizbaja. Que siempre tenga un tono de alegría, que siempre tenga un tono de paz. Que transmita la idea de que todo se arregló. Una liviandad en la que no importa el Reino de Dios sino que lo importante es que el hombre se sienta bien. Se busca evitar que la Iglesia llore, se aflija, clame por sus miserias. Si ministramos de este modo curamos con liviandad la herida del pueblo, y hemos sido descalificados como edificadores.
Y es notable la masa enorme de gente que se ha ido porque ya no creyó más en nosotros. Vino naciendo a un movimiento de restauración y se fue confundida con toda las doctrinas de error que admitimos y dejamos entrar por no saber martillar la verdad al punto de inculcarla con cincel divino, con profundidad espiritual.
Poco a poco ingresó entre nosotros el clericalismo, del cual nos habíamos librado. Algunos, nuevamente, quieren hoy acentuar una diferencia equivocada entre los pastores y las ovejas y hemos perdido el concepto de iglesia-familia en la que cada miembro posee el mismo llamamiento de santidad y propósito, en el que cada miembro está dotado de energía espiritual y dones. Se ha ido perdiendo el concepto de cuerpo. Cuerpo vivo, unido con coyunturas que se ayudan. Se ha ido perdiendo el ministerio fundamental de cada miembro, que nos previene de volvernos un organismo inútil. Esto nos ha llevado a volver a embarcarnos en prácticas de iglesia que solo logran producir un "mantenimiento" sin transformación por la ausencia de relaciones profundas de los miembros entre sí. Pero nuestro estilo actual nos impide denunciar lo que ocurre, obligándonos a siempre dejar la audiencia en una nota positiva, que no incomode.
Debemos reconocer que tenemos un cuerpo de pastores en el que algunos de ellos nunca han hecho discípulos, lo cual es uno de los peores calificativos que puede tener un pastor: el no hacer discípulos. Hemos llegado a no tener preocupación por esto, pues hemos dejado de creer que los pastores deben ser hombres capacitados en ganar y discipular a otros. Hemos llegado a admitir un pastorado que no forma vidas, que no ganas los hombres del mundo, que no se ocupa de evangelizar, representando un mal ejemplo para la Iglesia. Esto detiene la marcha de toda la Iglesia, y dado que la inercia original se ha perdido, debemos ahora crear eventos que no son más que un entretenimiento pastoral rutinario.
No es que crea que yo he logrado grandes éxitos, pero estoy convencido de que en Cristo hay un modelo a seguir el cual hemos dejado de lado. Sé que algunos de nosotros no se han interesado en poner en práctica el modo de obrar de Jesús, pues ven en él un ser arcaico que nada tiene que ver con la época que vivimos. En cuanto a mí, estoy convencido que Dios nos dio en Cristo el modo de obrar al cual la iglesia debe volver, pues veo imposible que quien tiene el mayor interés en la salvación del hombre no nos haya instruido de alguna otra forma en cuanto a cómo llevar adelante el mensaje y la obra.
Desde 1975 a la fecha nuestros sermones varían mucho, tienen otro sabor. Hasta ese tiempo se predicaba como quien ha poner en práctica lo que se predicaba. En aquel tiempo teníamos un gran entusiasmo y la palabra venía con fuerza, claridad, con la convicción y fe de que se iba a poner en práctica. Pero ya el ocaso estaba marcado y con el tiempo hemos caído en un declive en el que el mensaje y la realidad han andado por sendas separadas.
Debemos volver a estudiar a fondo el tema de la unidad de la Iglesia. He dicho a los hermanos en varias ocasiones que no quisiera oír más de Juan 17 hasta que revisemos las demás advertencias apostólicas en cuanto a de quienes debemos separarnos. No podemos ser tan livianos con una cuestión tan importante como esta, admitiendo una asociación que no corresponde, asignándonos a nosotros mismos una obra gigantesca que sólo puede ser hecha por Dios (porque Jesús no dijo a los discípulos "hagan la unidad de la Iglesia"). No podemos basar nuestro entendimiento de la unidad en una posible interpretación de Pablo cuando les escribe a los Corintios, y al mismo tiempo dejar de lado sus muchas advertencias en cuanto a de quienes debemos separarnos. Hago un llamado a hablar bien claro de quiénes tenemos que separarnos y que se llaman creyentes. Porque si hacemos una sola bolsa con los Balaamitas, los Jezabelitas, con los Nicolaítas y con los santos, estamos equivocados.
Nunca fue tan mal trazada la teología de las iglesias. Nunca la enseñanza entró en una elipse de mayor corrupción que ahora. Cuando aflojamos y nos rendimos ante una mediocridad entre nosotros, los hermanos fueron por todas partes buscando denominaciones y el grito pentecostal y, como consecuencia de esto, la euforia del púlpito nos trajo un desastre. Volvimos a las grandes reuniones, volvimos a las campañas y la porción que Dios nos había señalado, la responsabilidad que nos dio en el monte y la revelación fue olvidada.
Yo tuve que ver poco a poco, con gran lamento de mi corazón, cómo se eclipsó la luz, cómo se olvidó el principio, cómo se desdibujó y se desnaturalizó, volviéndose liviano hasta el colmo de abandonar lo que nos habíamos propuesto en el comienzo de nuestro mover. La unidad de la iglesia era uno de los muchos temas que Dios nos había mostrado. Este mover nació con premisas que iban mucho más allá, pero pusimos este tema como el mayor de todos al punto de pensar que si lográbamos la unidad de la iglesia, podíamos avanzar con los otros temas, pero después de tanto tiempo, no hemos logrado la unidad y creo que estamos más lejos de ella ahora que antes. Esta es mi apreciación.
Creo que tenemos que ponernos a trabajar. En cuanto a mí nunca he pasado años tan angustiosos como estos. A medida que vi sepultarse poco a poco este mover del Espíritu, mi alma se conmovió dentro mío. Noches enteras gimiendo, he grabado no sé cuántos casetes con meditaciones para mi propio desahogo, hablando a cualquiera y a nadie en particular. En mis oración al Señor mencioné muchas veces nombres, porque hay quienes son más responsables que otros. Los que más alto han ido, los que más adelante fueron y se hicieron conductores, más responsabilidad tienen.
Yo no me he ido porque tengo un pacto. Sin duda yo he contribuido también al debilitamiento. Mis exageraciones, mis triunfalismos han dado lugar a más confusión. Pero yo me pregunto, ¿quién hay que haya tenido la experiencia de participar en un movimiento como este que no se haya equivocado en alguna cosa? Sin embargo, ante esta pregunta cabe hacernos otra: ¿qué hay que hacer con los errores cometidos? ¡Hay que enderezar lo que se torció! Hay que volver a revisar y poner en orden las cosas desordenadas, las exageraciones. Al final de cuentas ¿quién hay de nosotros que conoció y que es experto en movimientos de restauración de la Iglesia? -¡nadie!
Entonces, si nos hemos equivocado, si hemos exagerado, ¡reconozcámoslo! Enderecemos lo torcido sin descartar todo, sin abandonar la fe en Dios o la fe en este movimiento de restauración simplemente porque alguno se salió un poco de curso, porque alguno exageró. ¿Se puede hacer algo tan nuevo como, por ejemplo, ver edificada por primera vez en veinte siglos una Iglesia unida por coyunturas, una iglesia-familia de Dios, un cuerpo nutriéndose, como dice Pablo en Corintios y en Efesios y en Colosenses, sin que haya que corregir algo, algo tan nuevo como eso puede hacerse prístinamente de entrada? ¿No necesitará el auxilio de la corrección?
¿No necesitará la paciencia de los que ministran? Pero se abandonó, se abandonó todo; se tiró el discipulado por la borda, las reuniones de las casas, la formación de líderes, todo se ajó, porque algunos exageraron, porque algunos se extralimitaron, porque algunos se escandalizaron, porque algunos tomaron estas cosas para la gloria de su carne. Aprendamos la lección, corrijamos lo torcido, pero no desechemos todo de manera indiscriminada. Tiremos lo vil, conservemos lo puro, lo santo, la intención de Dios, el propósito bien claro y marchemos adelante conforme al propósito que Dios nos ha enseñado.
Me parece que lo que Jorge y Afif trajeron de Ecuador, podría bien ser un resumen de los lo que Dios quiere de este mover como fundamento de verdad: ¿Qué quiere Dios? -Primer principio: Que todos los hombres del mundo sean discípulos. Segundo: Que todos los discípulos sean conformados a la imagen de Cristo. Tercero: que todo discípulo conformado a la imagen de Cristo sea unido y compactado en un cuerpo, bien relacionado entre sí con todas las coyunturas que se ayudan mutuamente (Ese cuerpo que es la Iglesia, es la familia de Dios en la tierra, es el Reino de Dios en el mundo, sal de la tierra y luz del mundo). Cuarto: ¿Qué nos ha dado Dios como herramientas para realizar estas tareas? Nos ha dado la Palabra, el Espíritu Santo, la Oración y los dones del Espíritu, los ministerios y ya con esa base, suficiente. ¡Hagámoslo! ¡Realicemos la obra! Hay que establecer una estrategia; hay algunas reglas divinas que debemos seguir, ponernos en los caminos, preguntar por las sendas antiguas.
Tenemos que volver atrás, tenemos que volver no 20 años ni 30, sino dos mil años. Tenemos que volver a instaurar la doctrina, temblando ante la Palabra, única regla de fe, único tribunal fidedigno al cual podemos apelar para toda razón de verdad y justicia delante de Dios. Volver. Volver al tiempo donde encontramos el modelo, en la iglesia primitiva, en los apóstoles, en Cristo. Zafarnos de toda doctrina de error que se ha ido infiltrando aquí y allá, siendo drásticos, tratando el desvío como Pablo trataba a los que engañaban a la iglesia trayendo novedades engañosas.
Hagamos esto con toda desviación o duda de los principios fundamentales que Dios nos ha dado, por más pequeña que sea, basándonos exclusivamente en la palabra de Cristo y la palabra apostólica; basándonos exclusivamente sobre la visión de la Iglesia que ellos tenían y cómo ellos la trazaron en el primer siglo. Volvamos al modelo del principio.
Como un ejemplo de esto, menciono mi parecer respecto a que no nos ayudó haber adoptado edificios. Representan más un peso que un recurso que nos favorece. No solo cuestan dinero sino que nos llevan, sin darnos cuenta, a perder el orden de iglesia-familia, y a organizarnos obligadamente en estructuras que acaban ocupando nuestro tiempo y energía.
Debemos volver a establecer los principios, cada uno específicamente. Mejor dicho, debemos establecer los principios, porque, en verdad, no lo hemos hecho. Hago un llamado a establecer definitivamente el modelo de Cristo como el único modelo a seguir. Juan nos dice nuevamente hoy: "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo". Jesús nos dice hoy: "Sígueme", y, he aquí, él va delante de nosotros.
Nuevamente, nos invita: "Toma mi yugo, aprende de mí" -¿Qué puede haber más contundente, más claro? Jesús no es solo el modelo sino la fuente de toda verdad, pan que debemos comer cada día, el agua viva que debe fluir de nosotros. El modelo no nace de nosotros mismos sino que sale del mismo trono de Dios. A través de la redención que hemos recibido, a través de la intercesión maravillosa de nuestro Gran Pontífice y por la sangre de la cruz, tenemos la posibilidad de caminar con Cristo y andar como Él anduvo. ¡Aleluya! Él nos dice: ¡VOLVEOS, VOLVEOS, ¿POR QUÉ MORIRÉIS?!




